sábado, 10 de mayo de 2008

Nochebuena

Lejos de mis seres queridos, mi familia, mis amigos. Las calles estaban vacías y desde las ventanas de las casas y departamentos se escuchaba la algarabía de las reuniones familiares. Caminé casi cien cuadras esa noche hasta llegar a un gran parque lleno de árboles frondosos que oscurecían los senderos dibujando en esa oscuridad vaya a saber uno que formas siniestras.

Me acerqué hasta un banco y tome asiento. Mi cuerpo sintió una por una cada tablilla de ese frío banco, respire profundo y sentí latir mi corazón en mis oídos. Había encontrado un lugar lejos del bullicio y entonces recosté mi cuerpo hasta quedar de cara al cielo.

Aparecieron millones de estrellas que jamás había visto antes, enseguida elegí una estrella para mí, la ubiqué y le dediqué mi nostalgia, mi dolor y ella me abrazó luminosa y radiante.

Fue algo mágico, comencé a oír la más bella melodía que jamás había escuchado, me arrulló hasta quedar profundamente dormido. Por la mañana, un guardia me despertó y me dijo: “¿Que haces aquí, has dormido la borrachera de Nochebuena?”. “No”, le contesté. No tuve ganas de contarle de mi soledad en Nochebuena y me levanté sonriendo y le dije:”Feliz Navidad”.

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