domingo, 11 de mayo de 2008

Cuento erótico hiperbreve

De pronto todo se volvió oscuro para mí. Sabía que estabas allí pero no te veía. Podía sentir tu respiración cerca mío, tu aliento fresco y dulce a la vez. Mis latidos se aceleraban al rozarte. No quería asustarte.

Mi mano fue en tu búsqueda y sin querer rozó tu blusa, pude sentir la firmeza de tu pezón a través de la seda, estaba erecto y emanaba una tibia vibración que inundó todos mis poros con un ardiente deseo de acercarte a mi cuerpo. Dudé un instante, pero pude percibir tus latidos acelerándose en el más absoluto silencio.

Llevé mi otra mano a tu cadera y te dejaste acercar hasta sentir mi rigidez en tu pubis. En la profunda oscuridad nos besamos silenciosa y suavemente. Sentí tu mano ingresando entre mi cuerpo y mi cinturón hasta llegar a asirme de mi miembro, totalmente erecto. Con la misma suavidad desabroche tu blusa y la dejé caer, me saqué mi camisa para sentir tus senos ardientes contra mi pecho. Seguías asida y con tu mano izquierda me sacaste el cinturón y abriste mi pantalón buscando tener más holgura en tus movimientos, de pronto sentí un calor insoportable, ya nos estaba faltando el aire.

De rodillas ante mi te lo llevaste a tu boca, te acariciaba el cabello mientras me regalabas todo ese placer y sentía el movimiento circular, ascendente y descendente de tu cabeza. Unos cuantos minutos, y entusiasmado con el fragor intenso de tu fellatio, te levante de los brazos y te di vuelta, tanteando en la oscuridad pude desprender tu falda y bajarte lentamente las bragas. Así, adivinando tu cuerpo con mis manos me introduje en ti y sentí como vibrabas de placer. Aunque mis ojos no podían verte, podía percibirte con mis otros sentidos.

La atmósfera existente en ese oscuro y pequeño ambiente inundado de placer y de sudor donde tu cuerpo y el mío se entregaban sin dudarlo, se vio iluminada por un relámpago de luz brillante y titilante.

Había vuelto la luz, el ascensor comenzó a funcionar, estábamos en el octavo piso. Sin dudarlo oprimí el treinta y dos para tener tiempo a terminar. Nos vestimos, sonreímos y al abrirse las puertas cada uno se dirigió a su oficina. Eran las nueve y quince, estábamos atrasados quince minutos que duró el corte de luz. Nos esperaba una nueva jornada de trabajo.

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