De pronto todo se volvió oscuro para mí. Sabía que estabas allí pero no te veía. Podía sentir tu respiración cerca mío, tu aliento fresco y dulce a la vez. Mis latidos se aceleraban al rozarte. No quería asustarte.
Mi mano fue en tu búsqueda y sin querer rozó tu blusa, pude sentir la firmeza de tu pezón a través de la seda, estaba erecto y emanaba una tibia vibración que inundó todos mis poros con un ardiente deseo de acercarte a mi cuerpo. Dudé un instante, pero pude percibir tus latidos acelerándose en el más absoluto silencio.
Llevé mi otra mano a tu cadera y te dejaste acercar hasta sentir mi rigidez en tu pubis. En la profunda oscuridad nos besamos silenciosa y suavemente. Sentí tu mano ingresando entre mi cuerpo y mi cinturón hasta llegar a asirme de mi miembro, totalmente erecto. Con la misma suavidad desabroche tu blusa y la dejé caer, me saqué mi camisa para sentir tus senos ardientes contra mi pecho. Seguías asida y con tu mano izquierda me sacaste el cinturón y abriste mi pantalón buscando tener más holgura en tus movimientos, de pronto sentí un calor insoportable, ya nos estaba faltando el aire.
De rodillas ante mi te lo llevaste a tu boca, te acariciaba el cabello mientras me regalabas todo ese placer y sentía el movimiento circular, ascendente y descendente de tu cabeza. Unos cuantos minutos, y entusiasmado con el fragor intenso de tu fellatio, te levante de los brazos y te di vuelta, tanteando en la oscuridad pude desprender tu falda y bajarte lentamente las bragas. Así, adivinando tu cuerpo con mis manos me introduje en ti y sentí como vibrabas de placer. Aunque mis ojos no podían verte, podía percibirte con mis otros sentidos.
La atmósfera existente en ese oscuro y pequeño ambiente inundado de placer y de sudor donde tu cuerpo y el mío se entregaban sin dudarlo, se vio iluminada por un relámpago de luz brillante y titilante.
Había vuelto la luz, el ascensor comenzó a funcionar, estábamos en el octavo piso. Sin dudarlo oprimí el treinta y dos para tener tiempo a terminar. Nos vestimos, sonreímos y al abrirse las puertas cada uno se dirigió a su oficina. Eran las nueve y quince, estábamos atrasados quince minutos que duró el corte de luz. Nos esperaba una nueva jornada de trabajo.
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